Escribe, si quieres, en 3, 9, 27 o cuantas líneas quieras; si quieres. Escribe NO sobre Gustavo Cerati, su último concierto, o su actual estado, sino más bien, sobre qué hiciste o qué evento, trivial o significativo también te movió el piso entre el 16 y el 30 de mayo del 2010, es decir, los primeros días en que Cerati se quedó dormido. Añade lugar, fecha y hora de tu incidente y, si te provoca compartirlo aquí, envíalo a ceratincidente@gmail.com.


No sé si esta es una página fetiche. Acaso es un pequeño ejercicio de refracción. Pienso que los recuerdos, cuando se desvían, mantienen a otros con vida, casi como si estuviésemos conectados por una máquina de plegarias y engranajes momentáneos ¿Qué hacías, qué te ocurrió la semana en que Cerati se quedó dormido? Escríbelo y, si quieres publicarlo aquí, envíalo a ceratincidente@gmail.com

Un prólogo con la herida abierta

Si me lo permites, creo poder escribir sobre la profunda impresión que me ocasionó lo que le sucedió a Gustavo Cerati. Pero los límites temporales no serán exactamente lo que pides, ya que, como afirma Nietzsche: "El rayo y el trueno necesitan tiempo, la luz de los astros necesitan tiempo, los actos necesitan tiempo, incluso después de realizados, a fin de ser vistos y oídos." La repercusión en los medios sobre el ACV de Gustavo llegó a mis oídos, pero no pude sentir, ni intuir inmediatamente la profundidad de esa herida. Hacía tiempo que no escuchaba a Soda o a Cerati. Yo había tomado otros rumbos musicales (o así lo creía) y no había escuchado su último disco. Entonces, desandé el espiral y volví a escucharlo. Lo escuché como quien sacia la sed del desierto en un manantial de agua fresca. No sabía lo sediento que estaba de su música. Recorrí todo su discografía, y me dí cuenta que nunca había dejado de escucharlo. Fui reconstruyendo la primera vez que escuche el album Bocanada y volví a sentir la magia de sus canciones. Volví a Soda como quien vuelve a los momentos más mágicos y extraordinarios de la vida. Sentí un profundo dolor, ya que de alguna forma todas sus letras me llevaron a que tomara conciencia de su estado presente, y me dejaba en un estado de extrañeza y angustia. Muchas de sus letras son proféticas para su estado actual, y a veces temo de que Cerati sea tan buen poeta, que no solo haya usado la increíble música de su guitarra, de su voz, y de las palabras, sino también su cuerpo entero. Temo que finalmente Cerati haya dado el salto para su personal conexión con el ser y universo y que finalmente nos haya dejado. Que en esa constante lucha del "me quedo aquí" contra "viaje por el universo" finalmente haya decidido irse en el viaje. Soy ateo, no creo en dios, pero tengo la esperanza de que Cerati haya logrado esa conexión que tanto buscaba con la fuerza natural. Lo esperaré siempre, y siempre le estaré agradecido por tanta fuerza y energía. Mi esperanza es atemporal, como quizá también lo será su estado. Humildemente, silenciosa y constantemente le envío fuerzas y energía para que encuentre el camino de vuelta. A veces le dedico mis logros personales, a veces mi esfuerzo, y recompensas, ya sea cuando salgo a correr o cuando hago un gol jugando a la pelota. Y siempre comparto su música. Fuerza Gustavo!


Pablo Federico Arias

Colores Santos

Estaba en Los Roques, por primera vez. Fue mi regalo de cumpleaños número 23. Cumplo los 15 de mayo. En ese lugar los colores son increíbles, los más intensos y reales que he visto. Estaba feliz


Isabel Pérez-Segnini

Idas con Gramcko, llorando con la Palacios


Lo cierto es que la angustia estaba sentada en la sala de mi casa. A mi madre le habían recetado unas pastillas para parkinson, pero no le habían diagnósticado la enfermedad. Mi madre había decidido no tomarlas e ir a un neurólogo. Entonces nos encerramos en nuestros cuartos. En la cocina hablamos, nunca del tema, aunque mi mamá sabía como colarlo... creo que en realidad por eso nos encerramos. En menos de un mes le diagnosticaron: parkinson, cáncer terminal, mal de sambito... Fines de mayo. Mientras tanto yo leía Ida Gramcko hasta el agotamiento, enredada en las formas, escribiendo para un curso de poesía venezolana, luego vino el llanto con Antonia Palacios, ahí ya la sala estaba desierta. Luego vino la espera. El IVIC. Pero eso fueron los otros meses. Cerati no había muerto. Mamá tampoco. Había esperanza.


Sos el paisaje más soñado

Vacío. Incertidumbre. Intriga y aún así me quedó la Satisfacción de haber ido al último concierto y que Lago en el Cielo haya sido lo último que escuché de él.

Didi

Bautizados por Dante

EL dìa 14 me casè y al dìa siguiente "como regalo de luna de miel" trabajamos como guias bajo la bautista lluvia de Florencia en un evento dedicado a Dante.

Rony

Con las vacas en el infierno

Era tarde, pasadas las 11 p.m. del 22 ó 23 de mayo de 2010. Después de un fin de semana de intimidad asfixiante, por fin tendría un momento para mí solo. Agarré una cerveza y me senté sobre un murito de la calle, encorvado, esperando pacientemente que acabara mi temporada en el infierno: la grabación de un cortometraje en Boca de Uchire, estado Anzoátegui. Sentía que el pueblo continuaba en mí su deterioro y que la cebada me limpiaba. La historia se llamaba Irse, pero en ésta nadie se iba (como un paciente comatoso que da señales de lucha justo antes de que lo desconecten para siempre). Los personajes sólo jugaban con la idea de partir, más nada. Llamé a un amigo. Me dijo que la lluvia en Caracas estaba brava, que tal vez no podría volver al día siguiente como estaba planificado. Hablé un tanto. Al final de la llamada tenía tres, cuatro, cinco vacas observándome. Las vacas me acompañaron mientras bebí el resto de mi cerveza. Al día siguiente me fui, ido de verdad.

Juan Peraza Guerrero

Despiértame cuando pase


De verdad yo no recuerdo qué estaba haciendo el último día del concierto de Cerati. Sólo sé que no estaba en recital y eso no me tenía demasiado feliz.

Ese domingo, un pajarito me sopló que Cerati estaba mal. Supuestamente con un derrame cerebral. Susto… Dije: “coño, ahora sí, nos jodimos. Sería el colmo de la pava macha que Cerati venga a morirse en Venezuela”.

Inmediatamente sacudí la cabeza para eliminar ese mal pensamiento. Hice mis averiguaciones. La tía de un amigo era médico en el Centro Médico Docente La Trinidad, y así comencé a cubrir la partida —temporal, espero— de un querido ídolo.

 Este amigo me tenía informada de lo que pasaba: que si está en coma, que si es un ACV, que si lo operaban, que si no volverá a cantar, que cuándo se va para Baires, que la familia llora, que la madre reza, que los fans no lo creen… Y yo escribiendo todo eso, con una frialdad periodística pero con un único pensamiento: “Lo veremos volver”…


Han pasado 365 días de ese último concierto. Estoy convencida que nos envuelve cierta pava ciriaca, porque no puedo creer que el genio de Gustavo nos haya dejado. Pero todavía soy optimista: “despiértame cuando pase”.  


Mate González

Florencia en florescencia

Estaba feliz. Me había casado. Me tranquilizaba que mi novio ya no sería un ciudadano ilegal en Florencia.

Anna Rosa

Aerosmith con soda

De esa semana sólo recuerdo que antes de ir al concierto, saliendo de mi edificio, me topé con Yatu y un vecino. El vecino me invitó a su casa -junto a Yatu, subimos y hablamos un rato, luego al concierto y luego, historia conocida. Al día siguiente, o tal vez a los dos días, vi a Aerosmith, escuchar en vivo temas que llevas colocando en disco-casette-cd-ipod durante 20 años me cuesta describirlo, Joe Perry, la voz de Tyler, Karmer... en fin, pudieron con la mala organización de la empresa productora.

Después de tanta euforia, nostalgia de la que sale en los libros.

Hernán Colina

La paja en el voyage

Como no fui al concierto de Cerati ese día, y me habían dicho que el afterparty era en el Voyage (que se hace en Le Club en CCS), me lancé para allá a ver si por lo menos veía al pana... Por supuesto, el tipo no portó por la fiesta. Al final se escuchaba a la gente decir: "Si hablan paja!... Y que Cerati venía para el Voyage!"... jajaja... Qué bolas!


César Oropeza

Un satélite en carne viva (Primera parte, ¿ninguna parte?)


"Los chicos miraron con una expectación fervorosa, y la ciudad muerta estaba allí, muerta sólo para ellos".

Se llamaba Galaxy 15, ahora le dicen el Fénix. hace un año se había dado a conocer como el satélite zombie. Bastó un latigazo electromagnético provocado por el sol o un defecto de fábrica para sacarlo de órbita. Quienes tenían sus pies en la tierra no podían comunicarse con él. Hasta la transmisión del capítulo final de Lost estaba en jaque. Me había topado con la noticia buscando información sobre el estado de Cerati mientras verificaba la fecha en que una amiga, residenciada en Boston y de paso por Caracas, leería un cuento suyo durante la V Semana de la Nueva Narrativa Urbana. La Pona era una de las pocas amistades que me quedaban del tiempo en que juraba y perjuraba que yo sería el escritor.

"Los chicos miraron con una expectación fervorosa, y la ciudad muerta estaba allí, muerta sólo para ellos, adormilada en el cálido silencio estival puesto allí por algún marciano hacedor de climas".

Lo escribió Ray Bradbury, en sus crónicas marcianas, en su picnic de un millón de años luz. Más o menos el mismo tiempo que me tomó visitar de nuevo ese texto y percatarme, no sé cómo ni por qué, de que alguien, en algún jardín, ese día, esa mañana de mayo, también había hecho lo mismo.

"Y papá miró la ciudad como si le gustase que estuviera muerta".

En aquellos días, días en que aún no me había vuelto adicto al regreso de los amigos, mi esposa y yo luchábamos a muerte por establecer una rutina más saludable y menos conflictiva para nuestros fines de semana. Queríamos darle un poco más de espacio a nuestra hija de dos años; que se echara a correr, que se echara a reír y a rodar en triciclo por dondequiera que la ciudad y sus padres dejaran de ser tan difíciles. Y lo logró. Sí, es cierto, apenas pudo, abandonó el triciclo en alguna acera del muy inglés jardín que rodea la Universidad Simón Bolívar, pero lo logró. Corrió, saltó, se tiró boca arriba para ver a las nubes jugar al escondite, se dejó perseguir y se hizo perseguir entre las bicicletas de los chicos que pasaban rasantes a lo ancho y largo de las calles despejadas. Intentó sumarse a una partida de fútbol adolescente, entabló amistad con dos niñitas diez veces mayor que ella, se quejó de las hormigas que caían del cielo. Y también se comió toda la comida que le hizo su mamá.


"—¿Qué miras, papá?
—Estoy buscando lógica terrestre, sentido común, gobierno honesto, paz y responsabilidad.
—¿Todas esas cosas están allá arriba?
—No. No las he encontrado. Ya no están ahí. Y nunca volverán a estarlo. Quizá nunca lo estuvieron".

Sí, alguien, aquel día, sabía que nos veríamos por un momento en las ruinas de un relato de Ray Bradbury. Y un año más tarde comprendería que en efecto, así habría sido. Y entonces más nunca sabría quién.

Como tantos otros visitantes al jardín, cuyo número, sospechosamente, crecía semana tras semana, ni Meme, ni Marce ni yo visitamos el Laberinto Cromovegetal diseñado por el maestro Carlos Cruz Diez, quien definió su paisaje "como una obra participativa en continua mutación, donde el mundo cromático se revela a través de un diálogo de espacio y tiempo, que el espectador establece en su continuo deambular". Tampoco nos detuvimos en la Escultura Hidráulica diseñada en 1975 -año de la nacionalización del petróleo- por un joven bachiller y que, de no ser por la sequía y el descuido de un país enloquecido, funcionaría como un molino de agua y metal alucinado por un quijote replicante. Decía Gabriel Landrove autor de aquella "Fuente Hidrocinética", que vino a dar con el curioso diseño al ver una gota de agua caer sobre la hoja de una planta. "Sé pequeño, sé una gota en el jardín, sigue el curso de agua que nos lleve por donde nunca fuimos" ahora que lo recuerdo vuelvo a escuchar esa versión del Jardín de los Senderos que se Bifurcan que compuso Cerati. Lo cierto es que, tarde o temprano, terminamos junto al resto del mundo a orillas de una laguna artificial, arrojándole migajas a unos patos, a unos gansos y unas tortugas obesas, rapaces, malcriadas. En el centro de la laguna, a menos de quince metros de la orilla, en una isla, se alzaba otra obra cinética, otro símbolo del encanto del progreso. Era el Espejo Solar de Alejandro Otero, lucía arruinado, incluso mezquino.

"Miró hacia delante, y, como no pudo ver con claridad, miró hacia atrás, hacia su marido, y reflejado en sus ojos vio entonces lo que había delante".

Tuve miedo. Por un momento se me perdió Marce; eso también lo recuerdo. Como si fuese ayer. Se me perdió. Dos o tres segundos, una hora, un par de minutos, da lo mismo. El aire se deforma, los sonidos se doblan cual platos de estaño y a la respiración le salen nudos, cada vez que, por un instante, la pierdo de vista. Estábamos en el corazón de un bosque hecho con palos de india, una densa formación de delgadísimos troncos coronados por un penacho de hojas pesadas, ora moradas, ora verdes, brillantes algunas, lánguidas otras, produciendo todas una sombra espesa y un laberinto sin paredes por el cual nos movíamos jugando al escondite, yo, jorobado para no darme contra las copas, ella, como un pez en el agua. En el alma de aquel enredo visual, Marce insistió en que nos sentáramos y jugué a tejer y destejer imágenes al desplazar mis ojos de aquí para allá entre los troncos, observando en el vaivén, a lo lejos, partidas de fútbol, frisbees al aire, niñas en patines, hombres robustos en bicicletas montañeras, chicas que trotaban, señoras apoltronadas en minúsculas sillas de extensión, abuelos que miraban sus gorras antes de ponérselas y madres que, como Meme, leían bajo un árbol en medio de otro picnic.

"Y como él añadía algo de sí mismo a ese reflejo, una resuelta firmeza, la mujer se tranquilizó y la aceptó, y se volvió otra vez, comprendiendo de pronto dónde tenía que buscar".

Entonces, Marce suspiró. Y fue como si desapareciera a simple vista. Me inquietó tanto descubrir que antes de aprender a leer aprendemos a suspirar, que perdí la concentración y en un santiamén también perdí la noción del tiempo y con ella la dirección por la cual mi hija había salido del laberinto. Aire doblado, sonidos apretados, aliento metálico. Cuando volví a encontrarla tras una que otra explanada de grama recién cortada, le brillaban los ojitos mirando a un grupo de niños peleando espadas en medio de un bambuzal. Una guerra improvisada con húmedas cajas de cartón, repuestos desechados y ramas torcidas.

"Pero sólo veía un canal recto, como una línea de lápiz violeta que cruzaba un valle amplio y poco profundo; las colinas antiguas y bajas se extendían hasta el borde del cielo".

Una guerra a la cual nos sumamos demasiado tarde. Apenas entramos al bambuzal los chicos desaparecieron por completo. Desamparo que, lejos de intimidar a la niña de dos años y medio, para ser exactos, la impulsó a recorrer una y otra vez aquella umbría trenzada por las hileras de bambú, mientras, dos o tres pasos atrás, yo anticipaba la salida de cualquier culebra atascada en el fango. Lo único que nos sorprendió, sin embargo, fueron un par de latas de cerveza medio oxidadas y la página desteñida de un diario deportivo. A los niños perdidos los encontramos minutos más tarde, en el fondo de una canal.

"En ese momento se oyeron dos titánicas explosiones que los sacudieron hasta los tuétanos, seguidas de una media docena de débiles temblores".

Al país se lo estaba comiendo la sequía, a dentelladas, por doquier se veían las desilusiones en carne viva y hasta la falta de expectativas parecía pesar como nunca. No sé si eran los días de la calima que se había instalado, polvorienta, carrasposa, a lo ancho y largo de la ciudad. Sólo sé que al Ávila se le veían de cabo a rabo los rasguños que los antiguos deslaves habían dejado y que en algún lugar del Táchira, las ruinas de una iglesia emergían de una represa menguante. “Un pueblo surge de la sequía” decía el titular de CNN en Internet, luego, a través de reportaje audovisual, vi un par de ancianos caminar alrededor de la capilla atascada en una isla verde limón. Extasiados, los viejos contemplaban lo que hace ya más de cincuenta años había sido su hogar. Y uno de ellos dijo “Ahora que las aguas bajaron, podemos venir acá y recordar las cosas tal y cómo eran”.

"Y el canal continuaba, atravesando unas ciudades que habrían sonado como escarabajos dentro de una calavera si alguien las hubiese sacudido".

En el fondo de la canal abandonada, los niños continuaban en la batalla. ¿De dónde, de dónde habían sacado las tazas de carros y las cajas de impresoras que usaban como armaduras? ¿Y aquella pelota de goma, quiénes y hace cuánto la habían abandonado? Creí ver por un momento un tubo de neón. Arriba, alguien me vigilaba con un mono Adidas azul marino, pero no me pareció que tuviera parentesco alguno con los chiquillos.

"Eran cien o doscientas ciudades que dormían envueltas en los sueños de los tibios días del verano y en los sueños de las noches frías de invierno..."

Embaulada con planchas de concreto y piedras adosadas a su margen superior, en el centro del lecho vacío se abría un surco de no más de veinte centímetros por donde corrían espasmos de agua estancada. No toques, le dije a Marcela, cuya malcriadez me había llevado al fondo de aquel lugar. Esa agua está sucia, está sucia hija, no la toques, insistí. Luego otra chiquilla, de siete u ocho años de edad y una melena despeinada, apareció de la nada, vino, saltó sobre el surco y nos salpicó. Marcela, risueña, se unió a la chiquilla y no hubo forma de impedir que jugaran con el agua. Luego se concentró en seguir a los niños perdidos y avanzamos juntos, las dos chiquillas, los muchachitos peleones y yo, como partículas cuánticas en un acelerador de juguete.

"Allí estaban, el Rey de la Colina, el Señor de las Ruinas, el Dueño de Todo, los monarcas y presidentes irrevocables, tratando de comprender qué significaba ser dueños de un mundo, y qué grande era realmente un mundo".

Sin saberlo, íbamos todos camino al desagüe, el desagüe que se abría como si la boca del lobo estuviese hecha de cemento y al final de su lengua de hojalata se hubiese formado una especie de gangrena, justo por debajo de aquel idílico e iconoclasta jardín inglés.

"—Ahora, os voy a mostrar los marcianos. Venid todos. Ven, Alice —dijo papá tomando a mamá de la mano".

Marcela, a quien su mamá  había llevado en el vientre mientras dirigía una versión infantil de Alicia en el País de las Maravillas, se me adelantó.

"Los marcianos estaban allí. Timothy se estremeció".

Los chiquillos discutían si avanzar o no por el túnel de hojalata. Al fondo, la luz de alguna lejana alcantarilla resplandecía sobre un cúmulo de piedras, o tal vez troncos, o a lo mejor una persona. Las escasas gotas de agua, al repicar contra el abismo del desagüe, producían un eco famélico que las chapas corrugadas del túnel distorsionaban cual ráfagas de aliento metálico.

"Los marcianos estaban allí, en el canal, reflejados en el agua: Timothy y Michael y Robert y papá y mamá".

No sé por qué me negué a reprender a los muchachitos. Quien me hubiera visto, desde las orillas de la canal, en lo alto del jardín, me habría juzgado por irresponsable. Lo cierto es que los niños se asustaron y abandonaron la causa. No así Marcela, mi hija, la de dos años, quien entre llantos insistió en que nos abriéramos camino hacia aquel pozo oscuro. Cautivado por el misterioso gesto de la niña, tuve que convencerme de que sería una locura entrar allí y me la llevé a regañadientes del lugar. Sin embargo, apenas remontamos la pequeña cuesta del canal y llegamos a la superficie del jardín, no aguantamos la tentación de mirar hacia atrás.

"Los marcianos les devolvieron una larga, larga mirada silenciosa desde el agua ondulada..."

Ray Bradbury. Me lo había recomendado la Pona, pocos meses antes de que se casara, pocos meses antes de que, como tantos otros, quemara las naves de regreso. Un par de años atrás. En aquel entonces, vagamente, yo intentaba sobrevivir a una de mis pocas experiencias como periodista, escribía, o más bien me emborronaba en la vida de un escultor, Cabezón Arévalo, un ángel desquiciado, patricio y hedonista, cortesía de nuestra antigua república sibarita, quien había muerto pidiendo un libro. En cierta ocasión, por allá en los noventa, Cabezón quiso venderle a Sofía Ímber un proyecto de arte para espacios públicos basado en galerías de árboles en cuyas copas florecerían, recién talladas, nuevas fisicromías de Cruz Diez. La idea nunca se concretó. Yo tampoco terminé el libro, no realmente. Pero debí hacerlo, debí impedir que todo esto ocurriera. Ahora, hay lugares en los que no sé si el laberinto ha parado o no de crecer.

–Sí, a veces yo me siento igual –me dijo la Pona en aquella ocasión, años atrás, antes de abandonar el país. –Ray Bradbury, tienes que leer su texto sobre budismo zen y el arte de escribir.


E Burger