Se llamaba Galaxy 15, ahora le dicen el Fénix. hace un año se había dado a conocer como el satélite zombie. Bastó un latigazo electromagnético provocado por el sol o un defecto de fábrica para sacarlo de órbita. Quienes tenían sus pies en la tierra no podían comunicarse con él. Hasta la transmisión del capítulo final de Lost estaba en jaque. Me había topado con la noticia buscando información sobre el estado de Cerati mientras verificaba la fecha en que una amiga, residenciada en Boston y de paso por Caracas, leería un cuento suyo durante la V Semana de la Nueva Narrativa Urbana. La Pona era una de las pocas amistades que me quedaban del tiempo en que juraba y perjuraba que yo sería el escritor.
"Los chicos miraron con una expectación fervorosa, y la ciudad muerta estaba allí, muerta sólo para ellos, adormilada en el cálido silencio estival puesto allí por algún marciano hacedor de climas".
Lo escribió Ray Bradbury, en sus crónicas marcianas, en su picnic de un millón de años luz. Más o menos el mismo tiempo que me tomó visitar de nuevo ese texto y percatarme, no sé cómo ni por qué, de que alguien, en algún jardín, ese día, esa mañana de mayo, también había hecho lo mismo.
"Y papá miró la ciudad como si le gustase que estuviera muerta".
En aquellos días, días en que aún no me había vuelto adicto al regreso de los amigos, mi esposa y yo luchábamos a muerte por establecer una rutina más saludable y menos conflictiva para nuestros fines de semana. Queríamos darle un poco más de espacio a nuestra hija de dos años; que se echara a correr, que se echara a reír y a rodar en triciclo por dondequiera que la ciudad y sus padres dejaran de ser tan difíciles. Y lo logró. Sí, es cierto, apenas pudo, abandonó el triciclo en alguna acera del muy inglés jardín que rodea la Universidad Simón Bolívar, pero lo logró. Corrió, saltó, se tiró boca arriba para ver a las nubes jugar al escondite, se dejó perseguir y se hizo perseguir entre las bicicletas de los chicos que pasaban rasantes a lo ancho y largo de las calles despejadas. Intentó sumarse a una partida de fútbol adolescente, entabló amistad con dos niñitas diez veces mayor que ella, se quejó de las hormigas que caían del cielo. Y también se comió toda la comida que le hizo su mamá.
"—¿Qué miras, papá?
—Estoy buscando lógica terrestre, sentido común, gobierno honesto, paz y responsabilidad.
—¿Todas esas cosas están allá arriba?
—No. No las he encontrado. Ya no están ahí. Y nunca volverán a estarlo. Quizá nunca lo estuvieron".
Sí, alguien, aquel día, sabía que nos veríamos por un momento en las ruinas de un relato de Ray Bradbury. Y un año más tarde comprendería que en efecto, así habría sido. Y entonces más nunca sabría quién.
Como tantos otros visitantes al jardín, cuyo número, sospechosamente, crecía semana tras semana, ni Meme, ni Marce ni yo visitamos el Laberinto Cromovegetal diseñado por el maestro Carlos Cruz Diez, quien definió su paisaje "como una obra participativa en continua mutación, donde el mundo cromático se revela a través de un diálogo de espacio y tiempo, que el espectador establece en su continuo deambular". Tampoco nos detuvimos en la Escultura Hidráulica diseñada en 1975 -año de la nacionalización del petróleo- por un joven bachiller y que, de no ser por la sequía y el descuido de un país enloquecido, funcionaría como un molino de agua y metal alucinado por un quijote replicante. Decía Gabriel Landrove autor de aquella "Fuente Hidrocinética", que vino a dar con el curioso diseño al ver una gota de agua caer sobre la hoja de una planta. "Sé pequeño, sé una gota en el jardín, sigue el curso de agua que nos lleve por donde nunca fuimos" ahora que lo recuerdo vuelvo a escuchar esa versión del Jardín de los Senderos que se Bifurcan que compuso Cerati. Lo cierto es que, tarde o temprano, terminamos junto al resto del mundo a orillas de una laguna artificial, arrojándole migajas a unos patos, a unos gansos y unas tortugas obesas, rapaces, malcriadas. En el centro de la laguna, a menos de quince metros de la orilla, en una isla, se alzaba otra obra cinética, otro símbolo del encanto del progreso. Era el Espejo Solar de Alejandro Otero, lucía arruinado, incluso mezquino.
"Miró hacia delante, y, como no pudo ver con claridad, miró hacia atrás, hacia su marido, y reflejado en sus ojos vio entonces lo que había delante".
Tuve miedo. Por un momento se me perdió Marce; eso también lo recuerdo. Como si fuese ayer. Se me perdió. Dos o tres segundos, una hora, un par de minutos, da lo mismo. El aire se deforma, los sonidos se doblan cual platos de estaño y a la respiración le salen nudos, cada vez que, por un instante, la pierdo de vista. Estábamos en el corazón de un bosque hecho con palos de india, una densa formación de delgadísimos troncos coronados por un penacho de hojas pesadas, ora moradas, ora verdes, brillantes algunas, lánguidas otras, produciendo todas una sombra espesa y un laberinto sin paredes por el cual nos movíamos jugando al escondite, yo, jorobado para no darme contra las copas, ella, como un pez en el agua. En el alma de aquel enredo visual, Marce insistió en que nos sentáramos y jugué a tejer y destejer imágenes al desplazar mis ojos de aquí para allá entre los troncos, observando en el vaivén, a lo lejos, partidas de fútbol, frisbees al aire, niñas en patines, hombres robustos en bicicletas montañeras, chicas que trotaban, señoras apoltronadas en minúsculas sillas de extensión, abuelos que miraban sus gorras antes de ponérselas y madres que, como Meme, leían bajo un árbol en medio de otro picnic.
"Y como él añadía algo de sí mismo a ese reflejo, una resuelta firmeza, la mujer se tranquilizó y la aceptó, y se volvió otra vez, comprendiendo de pronto dónde tenía que buscar".
Entonces, Marce suspiró. Y fue como si desapareciera a simple vista. Me inquietó tanto descubrir que antes de aprender a leer aprendemos a suspirar, que perdí la concentración y en un santiamén también perdí la noción del tiempo y con ella la dirección por la cual mi hija había salido del laberinto. Aire doblado, sonidos apretados, aliento metálico. Cuando volví a encontrarla tras una que otra explanada de grama recién cortada, le brillaban los ojitos mirando a un grupo de niños peleando espadas en medio de un bambuzal. Una guerra improvisada con húmedas cajas de cartón, repuestos desechados y ramas torcidas.
"Pero sólo veía un canal recto, como una línea de lápiz violeta que cruzaba un valle amplio y poco profundo; las colinas antiguas y bajas se extendían hasta el borde del cielo".
Una guerra a la cual nos sumamos demasiado tarde. Apenas entramos al bambuzal los chicos desaparecieron por completo. Desamparo que, lejos de intimidar a la niña de dos años y medio, para ser exactos, la impulsó a recorrer una y otra vez aquella umbría trenzada por las hileras de bambú, mientras, dos o tres pasos atrás, yo anticipaba la salida de cualquier culebra atascada en el fango. Lo único que nos sorprendió, sin embargo, fueron un par de latas de cerveza medio oxidadas y la página desteñida de un diario deportivo. A los niños perdidos los encontramos minutos más tarde, en el fondo de una canal.
"En ese momento se oyeron dos titánicas explosiones que los sacudieron hasta los tuétanos, seguidas de una media docena de débiles temblores".
Al país se lo estaba comiendo la sequía, a dentelladas, por doquier se veían las desilusiones en carne viva y hasta la falta de expectativas parecía pesar como nunca. No sé si eran los días de la calima que se había instalado, polvorienta, carrasposa, a lo ancho y largo de la ciudad. Sólo sé que al Ávila se le veían de cabo a rabo los rasguños que los antiguos deslaves habían dejado y que en algún lugar del Táchira, las ruinas de una iglesia emergían de una represa menguante. “Un pueblo surge de la sequía” decía el titular de CNN en Internet, luego, a través de reportaje audovisual, vi un par de ancianos caminar alrededor de la capilla atascada en una isla verde limón. Extasiados, los viejos contemplaban lo que hace ya más de cincuenta años había sido su hogar. Y uno de ellos dijo “Ahora que las aguas bajaron, podemos venir acá y recordar las cosas tal y cómo eran”.
"Y el canal continuaba, atravesando unas ciudades que habrían sonado como escarabajos dentro de una calavera si alguien las hubiese sacudido".
En el fondo de la canal abandonada, los niños continuaban en la batalla. ¿De dónde, de dónde habían sacado las tazas de carros y las cajas de impresoras que usaban como armaduras? ¿Y aquella pelota de goma, quiénes y hace cuánto la habían abandonado? Creí ver por un momento un tubo de neón. Arriba, alguien me vigilaba con un mono Adidas azul marino, pero no me pareció que tuviera parentesco alguno con los chiquillos.
"Eran cien o doscientas ciudades que dormían envueltas en los sueños de los tibios días del verano y en los sueños de las noches frías de invierno..."
Embaulada con planchas de concreto y piedras adosadas a su margen superior, en el centro del lecho vacío se abría un surco de no más de veinte centímetros por donde corrían espasmos de agua estancada. No toques, le dije a Marcela, cuya malcriadez me había llevado al fondo de aquel lugar. Esa agua está sucia, está sucia hija, no la toques, insistí. Luego otra chiquilla, de siete u ocho años de edad y una melena despeinada, apareció de la nada, vino, saltó sobre el surco y nos salpicó. Marcela, risueña, se unió a la chiquilla y no hubo forma de impedir que jugaran con el agua. Luego se concentró en seguir a los niños perdidos y avanzamos juntos, las dos chiquillas, los muchachitos peleones y yo, como partículas cuánticas en un acelerador de juguete.
"Allí estaban, el Rey de la Colina, el Señor de las Ruinas, el Dueño de Todo, los monarcas y presidentes irrevocables, tratando de comprender qué significaba ser dueños de un mundo, y qué grande era realmente un mundo".
Sin saberlo, íbamos todos camino al desagüe, el desagüe que se abría como si la boca del lobo estuviese hecha de cemento y al final de su lengua de hojalata se hubiese formado una especie de gangrena, justo por debajo de aquel idílico e iconoclasta jardín inglés.
"—Ahora, os voy a mostrar los marcianos. Venid todos. Ven, Alice —dijo papá tomando a mamá de la mano".
Marcela, a quien su mamá había llevado en el vientre mientras dirigía una versión infantil de Alicia en el País de las Maravillas, se me adelantó.
"Los marcianos estaban allí. Timothy se estremeció".
Los chiquillos discutían si avanzar o no por el túnel de hojalata. Al fondo, la luz de alguna lejana alcantarilla resplandecía sobre un cúmulo de piedras, o tal vez troncos, o a lo mejor una persona. Las escasas gotas de agua, al repicar contra el abismo del desagüe, producían un eco famélico que las chapas corrugadas del túnel distorsionaban cual ráfagas de aliento metálico.
"Los marcianos estaban allí, en el canal, reflejados en el agua: Timothy y Michael y Robert y papá y mamá".
No sé por qué me negué a reprender a los muchachitos. Quien me hubiera visto, desde las orillas de la canal, en lo alto del jardín, me habría juzgado por irresponsable. Lo cierto es que los niños se asustaron y abandonaron la causa. No así Marcela, mi hija, la de dos años, quien entre llantos insistió en que nos abriéramos camino hacia aquel pozo oscuro. Cautivado por el misterioso gesto de la niña, tuve que convencerme de que sería una locura entrar allí y me la llevé a regañadientes del lugar. Sin embargo, apenas remontamos la pequeña cuesta del canal y llegamos a la superficie del jardín, no aguantamos la tentación de mirar hacia atrás.
"Los marcianos les devolvieron una larga, larga mirada silenciosa desde el agua ondulada..."
Ray Bradbury. Me lo había recomendado la Pona, pocos meses antes de que se casara, pocos meses antes de que, como tantos otros, quemara las naves de regreso. Un par de años atrás. En aquel entonces, vagamente, yo intentaba sobrevivir a una de mis pocas experiencias como periodista, escribía, o más bien me emborronaba en la vida de un escultor, Cabezón Arévalo, un ángel desquiciado, patricio y hedonista, cortesía de nuestra antigua república sibarita, quien había muerto pidiendo un libro. En cierta ocasión, por allá en los noventa, Cabezón quiso venderle a Sofía Ímber un proyecto de arte para espacios públicos basado en galerías de árboles en cuyas copas florecerían, recién talladas, nuevas fisicromías de Cruz Diez. La idea nunca se concretó. Yo tampoco terminé el libro, no realmente. Pero debí hacerlo, debí impedir que todo esto ocurriera. Ahora, hay lugares en los que no sé si el laberinto ha parado o no de crecer.
–Sí, a veces yo me siento igual –me dijo la Pona en aquella ocasión, años atrás, antes de abandonar el país. –Ray Bradbury, tienes que leer su texto sobre budismo zen y el arte de escribir.
estuve en el concierto de USB el 15-5-10 recuerdo que dijo que era la promera vez que tocaba "A merced" en vivo....
ResponderEliminarte escucho soñar
ResponderEliminary vuelvo a quedar a merced
asi quiero que te despiertes
y es porque podrias sonreir verme flotar
Qué belleza. Qué texto entrañable cargado de imágenes y de sensaciones que a mí, en lo personal, me dan durísimo en una fibra interna. Cerati, Bradbury, los jardines de la USB, la respiración que se nos hace nudo en los instantes de vértigo. Yo también juré y perjuré algún día -igual que tú pero al contrario- que no iba a escribir. Tardé 8 años perdido en otros laberintos y al finalizar ese lapso recaí en la escritura. Estuvo buena la pausa, pero mejor el regreso (o eso quiero creer).
ResponderEliminarGracias por compartirlo. La idea de este blog es mundial.